Por mi parte, cuando llegué supe que nunca iba a recordar las calles y que esa tarde me iba a morir de miedo y de frío. Buenos Aires es el tablero de algún juego siniestro al que no me animo, ni quiero jugar. Bajamos del colectivo con la convicción de encontrarla, entre esa multitud de gente. Mi mamá lloraba y me hacía sentir que el mundo no tenía sentido. Dejé de mirarla, para no perder las ganas.
Éramos diez. El resto de las chicas y yo habíamos trabajado toda la noche editando e imprimiendo carteles, casi sin hablar, sólo soltábamos anécdotas breves, chistes cortos, mates distantes. Descubrí que no sé buscar personas en blanco y negro, de casi un metro setenta, que esa tarde vestían calzas negras y zapatillas blancas, una campera verde, una mochila azul… Yo pintaría con colores cada cartel, si tuviera el tiempo que sé que no tengo. Pondría algo así como: “la última vez que se la vio, estaba ilusionada”; “tenía la cara llena de vida” o “llevaba con ella unos libros, y unas ganas de comerse al mundo”. Quizás agregaría que le gusta el mate dulce. Tal vez así la encontremos más rápido, ese tipo de gente escasea.
El plan era caminar pegando carteles hasta llegar al Congreso. Allí había más mujeres esperándonos. Las noticias recorrían el país. “Trágico final: hallan sin vida a una nena de 9 años en la casa de su vecino”, leí en un puestito de diarios. “Crimen pasional: mujer joven murió estrangulada. Su ex pareja confesó”, escuché en la radio de un taxi al pasar. “La temperatura es de 32°C, humedad del 98%, día infernal en la ciudad de la furia. 18 horas, 2 minutos. Mu-chí-simas mo-vi-li-zaciones esta tarde. Paciencia, que se viene el fin de semana…”
Llegamos a la marcha cargando sobre los hombros las primeras gotitas de lluvia, o lágrimas, no sé muy bien. Nos abrazamos fuerte con las hermanas que nos estaban esperando. “Hermanas” es una forma decir, eran más mujeres como nosotras, enojadas, lastimadas y tristes, pero fuertes. De a poco, empecé a sentir un nudo en la garganta, cada cuadra recorrida me dejaba sin aire. “Es la bronca”, pensé intentando recuperar el aliento.
Me hipnotizaba el cielo negro, el ruido de los tambores y el mar de colores violetas y verdes con las caras de miles de mujeres que podrían ser una foto en blanco y negro, pegada en alguna pared del conurbano. Cada tanto me tenían que despertar. Quería pensar que era un sueño. Quizás, si hacía un poquito más de fuerza, sonaba la alarma y era un día normal. Y no me andaba ensuciando la vida y la ropa para encontrarla. En otro momento, me hubiese dicho con tono burlón “Qué boluda que sos, ¿no te diste cuenta de que iba a llover? Negras te van a quedar esas zapatillas”.
El recorrido terminó media hora después, con el caer de la noche. La lluvia no hizo más que humedecer el asfalto caliente y dejar algunos espejos para que los carteles luminosos y los semáforos se pudieran reflejar. Con las manos heladas, me aferré a mi mamá. Mis amigas se abrazaban y caminaban como podían. Las despedí en estación Once, con ganas de acompañarlas.