Ufff -abrió los ojos mirando hacia abajo mientras una mano le acomodaba el pelo- a quien le hayas escrito estas cosas, debe ser... debe ser alguien increíble.
Sonreí. Me dio pena su ilusión. Me quedé mirándolo como miro a los nenes que juegan solos en las plazas. Tenía ganas de decirle que eras el antihéroe de mis textos más cursis o el cobarde de los más poéticos. Contarle que en realidad siempre estuvo todo en mi cabeza, o que te idealicé incluso mucho más de lo que creía. Pero no quise desmitificarte. A mí también me gusta pensar como él.
-¿Y vos qué haces de tu vida? -pregunté, con la esperanza de que me responda cualquier barbaridad.