29.1.17

Ya había soportado más horas de las que necesitaba en ese bar tan oscuro y tan semanal. Para no seguir con el autoboicot que parece haberse propuesto ese día, emprende su camino hacia la salida. Entre el alboroto, el humo y sus ganas de salir, distingue una voz borracha, tristemente exagerada, gritando "la-gente-no-cambia" y se detuvo. La gente no cambia. Y pensó en las veces que se compró un libro y leyó la última página antes de empezarlo. Si supiera, esa voz, que ahora esa es la única página del libro que no le gusta leer. La gente no cambia, y pensó en los vestidos cortos y apretados que solía usar, en las mentiras, en los besos que no quería regalar, en las cosas que no recuerda porque prefiere eliminar. Si te contara, voz, que ahora se siente bien consigo misma, que no se obliga a sentir lo que no quiere, que no se deja molestar. La gente no cambia, y pensó en las veces que lloró en vano y por tristeza. Pensó en los aniversarios y las fechas inolvidables que ahora no puede recordar pero sabe que están por pasar, o ya pasaron, o ya no importan. La gente no cambia, y pensó en los cuatro cafés por día, en los "no me animo" y en los "no puedo más". Si supiera que ahora se anima, que ahora puede y ahora quiere. Y que prefiere el té. O té prefiere. Pero igual, la gente no cambia... hasta que quiere cambiar.

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Te leo atentamente