29.4.16

Una vez, alguien me dijo que viva para ver el amanecer a las cinco de la mañana sin haber dormido en toda la noche. Y que, si algún día no llego, tengo la oportunidad de ver algo hermosamente parecido a la misma hora, pero por la tarde. 

Me dijo también que no me quede dormida durante el viaje, 
que a veces las rutas son buenas para pensar.
 Que rellene los vacíos con música, sin abrumar mis silencios necesarios. 

Que a veces el viento suave o los besos largos 
llegan porque tienen ganas de hacerme cerrar los ojos, 
que no me resista a hacerlo, que no me prive de dejarme llevar. 

Que viva por el bien de disfrutar la lluvia, de la risa exagerada y su dolor abdominal. Por el bien de mis canciones favoritas y de los libros que me hacen emocionar. 

Me dijo que viva porque puedo. 

Que viva porque existen sonrisas sin razón, conversaciones largas, el té después de un día agotador, el primer parpadeo del día. Que viva por el bien de ese perro que se acerca a caminar conmigo.

Que viva la vida de noche, por el bien de todas las estrellas que quieren verme divertida. 

Que viva por esas personas de las que recuerdo exactamente cuántas cucharadas de azúcar disfrutan en su paladar y cuáles de ellas son las que odian las cebollas.
Que viva por las que disfruté y por las que me faltan disfrutar. 

Que viva para ser valiente y tener miedo. 
Que viva para los primeros besos, las primeras veces, para regalar y recibir inesperadamente. 
Para celebrar el "sí" y para aceptar el "no". 
Que viva para no dejarme morir. Para mirar el cielo, para tocar el pasto, para no quedarme quieta. 
Una vez, alguien me dijo que viva por el bien de los detalles y de las cosas que me hacen sentir con vida.

 Una vez, me dije de vivir. 



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