12.12.15

Hoy descubro que en realidad estás haciendo uso de tu mirada más triste. De una manera en la que nunca me habían desgarrado el corazón. Pero, te cuento: muy lejos de acá, hay una ciudad de colores, en donde se pasea con gracia una mujer de vestido blanco. Tiene algo en su ternura de mirar las cosas, en su forma de iluminar el paso, al que solo la Luna se atreve a compararse. Su boca suele dejar de ser boca para ser sonrisa constante y adorna su piel con dibujos.

A lo lejos se asoma un velero, casi acariciando las olas de ese mar, tan tuyo como mío. En ese momento en que el Sol nos deja solos, nos podemos abrazar. Al mismo tiempo se siente una brisa, que no es fuerte, pero te dan ganas de cerrar los ojos. Y, sin dejar de cerrarlos, dejas que aquella Luna, con su ternura de mirar las cosas, te bese. Desaparece entonces esa mirada que desgarra corazones, en un acto de inconsciencia pura, el mismo en el cual, te cuento, hemos estado escuchando ese eco musical, que en realidad no es más que un divertido juego entre las piedras y aquellas olas traviesas pretendiendo tocarnos los pies.

Conozco hacia donde llevarte para borrar ese dolor. Pero hace mucho tiempo que no te dejas llevar. ¿Cómo besarte, entonces, si te da miedo cerrar los ojos? Y el miedo también es tan triste. Pero hace mucho tiempo que no tenes ganas de escucharme. ¿Cómo hablarte, entonces, de una ciudad de colores, con un mar que enamora al corazón, en un atardecer con música que viene de ningún lugar y de todos al mismo tiempo? Hoy descubro que en realidad tu mirada es triste, y me desgarra el corazón. Pero, te cuento, muy lejos de acá, hay una ciudad de colores. Pasea con gracia una mujer.





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Te leo atentamente