15.9.15

Llegué al punto de pensar que sólo quería que me tratara bien, que no importaba otro perfume en su cuello ni sus besos en otros labios, que no me molestaba si no me contaba sobre dónde había estado la noche anterior, ni si se hacía las mismas preguntas sobre mi. Usarnos. Fingir posesión entre los dos, que sueñe conmigo y viceversa. Y mentir, sobre todas las cosas. Pero él nunca iba a entender que la verdadera intimidad, el verdadero placer, estaba en esos tres segundos de mirada profunda que nunca me aguantó. En esto no era yo la cobarde. La ropa se cae sola, pensé, y a vos te da miedo desnudarte el alma. Le daba miedo amar. Pero a mi me movía el corazón con las mentiras, y me encantaba que me engañe. Que nos engañe.