15.9.15

Estaba escribiendo una historia en un papel arrugado con una birome que casi no tenía tinta. Como para variar, cuando se me cortaba la imaginación me ponía a dibujar en los márgenes. También anotaba las frases que me gustaban, pretendiendo volver a leerlas alguna vez. Y por supuesto que tenía colores. Desde los más brillantes y puros que usé al principio, hasta las últimas pinceladas con el pincel sucio, la resaca de toda la pintura. Me pasaba por apurada, por querer verlo terminado, claro. Era de esas cosas que nunca le iba a gustar a nadie pero que a uno le parece una maravilla. Así eramos.