10.4.15

Nunca había hecho nada en la vida porque sí, hasta que la conoció. Ese día había llegado tarde a todo lo que tenía que llegar temprano y había olvidado todo lo que no tenía que olvidar. Afuera estaba espantosamente cálido pero en sus adentros había una tormenta que parecía que nunca iba a parar. Fue entonces cuando se subió a ese último colectivo de la noche, por haberse perdido todos los demás. Y ahí estaba ella, desentonando con toda esa frialdad de colores azules y negros de la oscuridad, su cuerpo se movía disimuladamente sincronizado con alguna canción en su cabeza, porque a simple oído no parecía haber nada más. Pagó su boleto, la volvió a mirar de reojo, se quitó el reloj y lo puso en su bolsillo. Se sentó a su lado y le preguntó qué hora es.