28.9.13

No era un buen día ni era un día de buenos modales. Tampoco era un día tranquilo porque venía apurada, casi corriendo, esquivando la lluvia, no tenía ninguna meta más que llegar a casa. Si no hubiese mirado seguramente me vería, segundos más tarde, pidiéndole perdón. Pero lo miré.  De repente ya no tenía la necesidad de correr a casa y el día ya no era tan malo. Las restantes cuadras que me quedaban por caminar me pregunté si le habría pasado lo mismo. Hablo de esos casi tres segundos de miradas donde los ojos pasan a ser como una carta de presentación, sin decir nada, pero comunicando mucho.  Fue como un "hola buenas tardes, café oscuros, muy oscuros" de mi parte y un "buenas tardes, un gusto, avellana  hipnotizantes, bastante entretenidos" que no dijimos con la boca. Cinco segundos antes no lo conocía. Siete segundos después seguía sin conocerlo, pero me había dado cuenta de que él tampoco tenía un buen día o un día de buenos modales, ni era un día tranquilo porque venía apurado, casi corriendo, esquivando la lluvia. Pareciera como que si no tuviera ninguna meta más que llegar a algún lado.



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Te leo atentamente